Nada se entiende si no se entiende la ocupación israelí de Palestina.
El equilibrio del poder y de los recursos, del ejercicio de la violencia - aunque al otro lado del Mediterráneo parezca que está equilibrado- es desmesuradamente desigual.
Nada se deja al azar, la planificación urbanística, la educación, lo que duran unos semáforos u otros – largos los de colonos, cortos los de palestinos- , el ahogrmiento económico, lento y sistemático, como la revisión que sufrí antes de salir, porque se me ocurrió volar con las lineas aéreas israelíes. La tenencia de armas, los permisos para construir o para buscar agua, nada es porque si, todo avanza hacia los hechos consumados de eliminación de una parte de la realidad, y de las personas que en ella estàn.
El lugar que en teoría me debía impresionar por su religiosidad y trascesdencia solo conseguió hacerme huir, aunque después de un buen rato de mirar hacia todos sitios: unos cuantos civiles israelíes que paseaban con su fusil al hombro – palestino con arma, palestino muerto; ultraortodoxos estéticamente muy interesantes, con sus gorros, sus rizos y sus cuatro trozos de tela saliendole de la chaqueta (mortadelos los llaman por aquí). Y al otro lado del muro, el lugar santo musulmán. Otro dìa contaré la cantidad de muertos que ha habido en ese lugar.
Por la parte logística estoy perfectamente, la acogida muy bien y yo puedo moverme con libertad -para los encuentros con las asociaciones tengo que ir variando de un sitio a otro por la imposibilidad de llegar a Jerusalén los palestinos de Cisjordania y de Gaza.
Otro día el muro, también de grandes lamentaciones, los palestinos del 48 en Haifa, la violencia, la situación de Jerusalén, y jugar al baloncesto con un ultraortodoxo con el traje de mortadelo descubierto tardíamente...
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